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Así es, más o menos, el perfil de la QH

La QH es una de las marchas ciclistas más importantes que se celebran en España. Este año hemos participado muchos deportistas de Trimad. Para todos nosotros ha sido un reto y nos hemos preparado desde el principio de la temporada. Han sido largos entrenamientos, con frío en invierno y mucha lluvia en primavera, para llegar en buena condición física a la gran cita que reúne a más de ¿9000? ciclistas.

La QH es una marcha ciclista exigente, no inabarcable. El desnivel acumulado es elevado, pero no exagerado habida cuenta de la distancia que se recorre. Pero es ciclismo en estado puro, con el imponderable de las cambiantes condiciones ambientales de la zona. Hay puertos cortos y endiabladamente empinados, así como larguísimos y más tendidos. También hay bajadas para todos los gustos. Y entre puerto y puerto se suceden largas zonas semi-llanas que, sin embargo, no dan tregua por el alto ritmo que suelen imprimir las numerosas y nutridas grupetas. Es una prueba que exige manejarse bien en todos los terrenos.

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Se las prometían felices

El día amaneció despejado en Sabiñánigo, pero cambió de forma drástica en las primeras rampas de Somport. La temperatura comenzó a bajar, y cuando quedaba poco para la cima, el cielo se derrumbó. Al principio llovió tímidamente; poco a poco se convirtió en un aguacero que no parecía que quisiera dejarnos en paz. Comienzan las dudas.

Somport, tímida ascensión en otras ediciones con tiempo benigno, fue decisiva en la Quebrantahuesos 2016. En su cima, muchos ciclistas decidieron darse la vuelta ante evidencia de que, en Francia, las cosas serían peor. Los que veníamos por detrás estábamos atónitos viendo innumerables bicis izando la bandera blanca en sentido contrario. Pero todos los Trimadletas, curtidos en Garabitas y en los plátanos (graaacias Cuevas …:-)), seguimos. A estas alturas, el gigante pelotón inicial ya había explotado en mil pedazos.

Ya en la cima, chubasquero al canto. Nos protegía del agua, pero también del atenazador frío que nos obligaba a bajar torpemente el puerto. Nunca he deseado tanto que se acabara un descenso. Mientras dejaba correr la bici, me mojaba de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Muy desagradable. En este momento, escucho nítidamente y a pocos metros por detrás de mí “estaaaamos tan agustiiitoooo” (léase en tono musical). Los cojones, pienso. Y resulta ese loco innombrable era el gran Klaus (uno de los pocos que corre la QH con gafas de playa, aunque llueva). Venía crecido el muy bicho.

Cuando, por fin, acaba la tortura de la bajada infinita, comienza una gran zona llana flanqueada por preciosas montañas verdes que se aprietan contra la carretera. La lluvia remite un poco, pero el sol es muy tímido aún. Más despacio que deprisa, nos acercamos a la primera ascensión en suelo francés: el Col de Marie Blanque. Empieza amable, pero los últimos 4 kilómetros son una venganza. Kilómetros enteros por encima de 9, 10 incluso 11 por ciento de desnivel. Una ascensión para escaladores puros. Lo único bueno que puedo contar es que no hay que preocuparse de qué desarrollo poner en cada momento: mete todos los hierros y aprieta los dientes. Tras interminables minutos bailando pesadamente sobre la bici, una música —aún lejana— nos avisa de que no estamos tan lejos de acabar este segundo puerto. Fiuuu!

El tiempo está mejorando claramente, pero el suelo sigue mojado y es mejor tomarse esta bajada con tranquilidad, que tampoco es tan larga como para ganar nada y se puede perder mucho (el año pasado vi a un tipo con la bici bajo el brazo partida literalmente en dos pedazos). Pasan unos cuantos kilómetros de calma tensa, y Klaus y yo decidimos parar en un gran avituallamiento. A los pocos minutos aparece el Gran Nacho Valverde. Eligió mal día para depilarse las piernas y, sobre todo, para olvidarse lo guantes de invierno en casa. Valver trae arrastras a su colega Javi (para ponerlo en situación, diré que igualmente te saca de punto en un triatlón que de copas por la noche). Me vuelvo a acordar del Figura Amalio (a estas alturas un Iron Man consagrado), al cual perdí de vista en el baile de chubasqueros de primer puerto. Luego me enteré que decidió pinchar en varias ocasiones. A todo esto, aparece el bueno de Javi BamBam.

Reagrupados en una falsa marcha pacífica, nos acercamos a los 27 kilómetros de ascensión del Portalet. Es un puerto cuyo paisaje empieza frondoso, y paulatinamente, se abre dejando paso a un terreno más escarpado, propio alta montaña. Si estas ascensiones tan largas hay que hacerlas de menos a más, yo resolví hacer lo contrario. El muy loco de Nacho me hizo caso, pero él aguantó bien y tiró hacia arriba. Klaus y Javi Bamban deben andar cerca; nos vigilamos constantemente. Un poco más arriba, me alcanza Javi Bambam y aprovechamos para contamos las penas. Él decide parar en un avituallamiento y yo sigo. Amalio debe estar arreglando otro pinchazo.

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¿Quién me deja una cámara para llanta de perfil?

En la cima el tiempo mejora definitivamente. La nubes grises dejan paso a aún estrechos rayos de sol. La carretera empieza a secarse. La bajada del Portalet es muy rápida, la más rápida de la QH. No requiere mucha técnica, pero sí seguridad encima de la bici pues el asfalto no está en buen estado y no es raro flirtear con los 70 e incluso 80 km/h. Me tiro hacia abajo, un poco a la desesperada, pero me siento escaso de reflejos y frescura debido a un problema de insomnio la noche anterior. Ni rastro de Nacho.

Sin sacar provecho a la bajada, llega el último puerto. Apenas es una tachuela, el último coletazo de una bestia a punto de morir, pero pasa factura después de 180 kilómetros en las piernas. En sus apenas dos kilómetros se me encienden algunos testigos y me adelanta un tándem que concentra toda la atención del público. Una vez superada la Hoz de Jaca, ya sólo queda un teórico descenso hasta Sabiñánigo. Los guantes de invierno y la chaqueta me recuerdan que empieza a hacer mucho calor.

Los últimos kilómetros los hago a todo lo que me permiten las piernas. Encabezo varias grupetas pero no obtengo mucha colaboración. Sabiñánigo se hace de rogar, pero por fin llega. En sus calles siento el apoyo de la gente, sus ánimos incondicionales a pesar de que los primeros ciclistas pasaron hace más de dos horas. Se me erizan los pelos y quizá, sólo quizá, me emociono un poco. Me reacomodo sobre la bici y adopto una posición más agresiva a la par que elegante. Acelero el ritmo, bajo piñones, pedaleo redondo, me agarro de la parte baja del manillar. Meta.

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(¿Dónde estará Nacho?). Cabrones, ¡colaborad!

Ha sido un placer haber compartido con todos los Trimadletas presentes esta gran experiencia. Una pena no ver a todos durante la marcha (como a Jaime, Jeff, Piter o Mario y su reclamación). Me quedo con ganas de hacer una marcha con todos vosotros de nuevo (¿La Cuevitas?) y, evidentemente, con ganas de repetir la QH (Nacho tiene que volver obligatoriamente a por la medalla de oro, jajaja). Y si el sorteo de la QH 2017 no nos sonríe, la Treparriscos es una magnífica opción … ¡que nos cuenten Bea, Danae o Fran!.

Quique (Puertos)

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